CAMINO PERSONAL
CAMINO PERSONAL
Mi nombre es Melisa, como la planta, aunque casi todos me llaman Mel.
Nací en Buenos Aires, en una familia humilde. Desde chica fui curiosa, inquieta y bastante parlanchina. A los 14 años, tras la separación de mis padres, comencé a trabajar.
Durante mucho tiempo me costó aceptar haber asumido tantas responsabilidades a esa edad. Pero, por suerte, siempre encontré la manera de seguir estudiando y disfrutar mi adolescencia. Lo único que tuve que postergar más de lo deseado fue la universidad, que finalmente comencé a los 29 años.
En mi casa me enseñaron que trabajar era lo más importante. Bajo esa premisa crecí y, durante mucho tiempo, tomé varias decisiones en función de ella, hasta que la vida me enseñó que el trabajo es una parte importante, pero no la única que nos define.
Aprender a vivir a mi manera
Desde muy joven sentí una enorme curiosidad por otras formas de vivir. Quería viajar, hacer fotografías, escribir, crear proyectos y aprender. El cine, los libros, las canciones y las revistas de fotografía alimentaban ese deseo y me abrían ventanas hacia otros mundos.
Los viajes, la escritura y la fotografía ocuparon un lugar especial. Son un espacio propio para crear, despejarme y, sobre todo, aprender a mirar y conocerme a mí misma.
A los 21 años me fui de casa. Mi primera vivienda fue un local comercial a la calle que alquilé y adapté como hogar. Ahí empezó a aparecer con más fuerza esa parte de mí que necesitaba descubrir por sí misma cómo quería vivir y arreglárselas con lo que hubiera disponible.
El trabajo siempre estuvo activo y presente en mi vida. Fue lo que me permitió construir mi independencia y, de alguna manera, también una idea de quién podía ser. Después vinieron los estudios, una carrera profesional, proyectos y vínculos, aunque la curiosidad seguía intacta.
Cuando comencé la universidad hice una promesa conmigo misma: al terminar la universidad iba a hacer un viaje largo, a un lugar lejano, sola y durante más de tres meses. Durante los cinco años que duró la carrera ahorré para poder hacerlo. Cuando finalmente me recibí, cumplí mi promesa: renuncié a mi trabajo, dejé mi departamento alquilado y me fui sola al Sudeste Asiático con una mochila de seis kilos.
Uno de los momentos que mas atesoro de aquella travesía fue cuando llegué a Chiang Mai y, por azar, recibí un pequeño papelito que decía: “No te vayas.”
Me quedé.
Ese viaje fue mucho más que un viaje. Fue la primera vez que pude conocerme lejos de muchas de las estructuras que hasta entonces me organizaban y me decían quién era. Y también fue la confirmación de que la vida era mucho más grande de lo que yo conocía hasta ese momento.
Veintiséis hogares después
Viví en Buenos Aires, Italia, Ámsterdam, Barcelona, Madrid, Málaga, nuevamente Buenos Aires y, finalmente, en Italia otra vez. En total, 26 hogares distintos.
Pasé por casas compartidas con desconocidos que se volvieron amigos y por habitaciones transitorias; lugares donde me sentí en casa y otros de los que solo quería irme. Aprendí a armar una vida con muy poco, a adaptarme, a despedirme y a volver a empezar.
La mayoría de mis viajes y migraciones los hice sola. Esto me enseñó muchísimo sobre mí, pero también sobre los demás: a acercarme a personas muy diferentes, a pedir ayuda cuando la necesitaba y a construir relaciones sin contar con una red previa.
También descubrí que para mí la libertad siempre estuvo ligada a la responsabilidad. Por eso, de una manera u otra siempre busqué ser responsablemente libre.
Cuando volver a empezar no es tan sencillo
Migrar no es viajar. Es atravesar momentos para los que no siempre estamos preparados. Hubo soledad, incertidumbre económica, crisis de identidad, pérdidas y días en los que no sabía dónde iba a vivir, de qué trabajaría o qué estaba haciendo con mi vida. Varias veces tuve que reconstruirme desde cero. No solo cambiando de país, sino replanteándome quién era y cómo quería vivir.
Mientras tanto, seguí haciendo. Trabajé de cosas que jamás imaginé, emprendí, tomé fotos, escribí, abrí y cerré proyectos, estudié y volví a empezar.
Algunas búsquedas encontraron su lugar. Otras perdieron el sentido con el tiempo.
Una exploradora
A veces acierto y otras no, pero siempre aprendo. Como no tuve un guía familiar que me dijera por dónde ir, la vida y los maestros desconocidos que me fui encontrando —personas, libros, viajes y hasta errores— me enseñaron muchas de las cosas que necesitaba aprender.
Hoy no miro mi recorrido como una sucesión de decisiones correctas o incorrectas, sino como un diálogo permanente con la vida.
El hilo conductor siempre ha sido el mismo: preguntarme cómo quiero vivir y animarme a darle lugar a lo que me hace sentir viva.
Porque, de verdad, con animarse todo comienza.